Una simple historia de algo que no fue... Pero siempre espera... Aunque nunca llegue.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
Siempre, al pie del cañón
Después de que te fuiste, pasamos muchos años sin vernos y gracias a un contacto fortuito comenzamos a escribirnos. Escribirte, porque nunca logre que contestaras mis cartas. Cosa que jamás terminé de entender.
Mis pensamientos me habían llevado al límite, no vi la camioneta que doblaba por la esquina y casi me lleva puesto. Menudo problema iba a ser. El tipo me toco bocina justo, al tiempo que me gritaba alguna de las barbaridades a las que ya andamos acostumbrados por estas tierras. Cuando pude recuperarme del susto, seguí mi camino hacia la casa del flaco.
-"¿Cómo se lo voy a pedir al flaco? ¿Cómo le explico?, porque es buena gente, pero si el avión llega a las 4 de la matina, estoy embromado… Mira que no contestarme las cartas, no se entiende... Y no es que le haya hecho algo, porque al fin y al cabo el que le hacía eso era él. A mí, ni se me ocurre, sea ella o cualquiera… pero menos ella, es mi hermana”
Las calles estaban desiertas, salvo por algún que otro auto que se escapaba por las esquinas más lejanas. Las hojas habían teñido las veredas de un mar de cobres y tonos rojizos que por lo general me calmaban y hasta se podría decir que me divertían escucharlas crujir, pero hoy no era el caso. Ya me faltaba poco, llegue a la esquina del almacén del gallego y gire a la derecha, faltaban apenas unos metros para la casa del flaco, cuando sentí mi nombre detrás mío.
-“Carlos, ¿qué haces por acá? ¿No nos juntábamos el viernes?”, era el flaco, un tipo grandote, por donde lo miraras, en realidad le decíamos el flaco para no acomplejarlo, tampoco era gordo, simplemente enorme.
Lo conocí cuando todavía usaba los cortos, como decía mi viejo. Éramos purretes crecidos que asistíamos un grupo de parroquia, esos donde te juntas un día por semana para hacer reuniones espirituales y ayudar al prójimo a través de las acciones misioneras. Pero la acción principal llegaba los fines de semana cuando nos juntábamos en la casa de alguno y le caíamos en patota, con cerveza, comida y la música. Cuando no nos tocaba salir en grupo y se armaban unas roscas impresionantes porque nunca nos poniamos de acuerdo.
-“Martina, vuelve a casa”, dije con cierta vergüenza que se hizo visible, pues se me complicaba ocultarle las cosas a él.
-“Me jodes, ¿en serio?”, me pregunto con esa mirada típica de él. Era imposible no contestarle, tenía ese don de sacarte hasta los calzones con esa mirada.
-“En serio, pero no sé porque”, atine a decirle, con una mueca en la boca.
-“Uy, la puta madre, ¿Cuándo?”
-“El miércoles este que viene”
-“¿Ya?. La vamos a buscar, no hay drama”
Así era Alberto, siempre al pie del cañón. Me volvió a preguntar porque era la vuelta y simplemente me encogi de hombros. Se sonrió - siempre hacía eso cuando se trataba de mi hermana... me apoyo esa manasa bien suya sobre el hombro y practicamente me metio en su casa para tomar unas cervezas.
La noche se acercó volando, encendiendo la ciudad con todas las luces, aquí y allá dejando que los espíritus de la noche porteña, se atrevieran a hacer de las suyas por las calles del centro. Mientras tanto, entre birra y birra, los recuerdos de nuestra infancia volvia a la luz, esperando la llegada de Martina.
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